Turquía (72.5 millones de hab. 99% musulmanes) es una república laica y parlamentaria cuyo Presidente es Abdullah Gül y el Primer Ministro es Recep Tayyip Erdogan.
Occidente ignora la cuestión siria alegando próximas elecciones (EE.UU. y Francia) o atendiendo su economía (Reino Unido, Alemania, Italia y España). Sin embargo, este vacío va siendo ocupado por Turquía, Irán, Rusia y China, países con democracias “peculiares” y visiones modernizadas de pasados imperiales.
Turquía tiene estrechos vínculos con Siria: ésta formó parte del Imperio Otomano, comparten la misma religión y el problema de los kurdos, además, Turquía tiene fuertes inversiones en Siria. Así mismo, los turcos buscan participar en la cuestión siria para aumentar su influencia en Medio Oriente y Asia Central pero, sobre todo, ante la Unión Europea. Todo esto implica que, para bien o para mal, la suerte del gobierno y del pueblo sirio depende en gran medida del juego turco.
Es bien sabido que el Primer Ministro y el Ministro de Relaciones Exteriores (Ahmet Davutoglu), islamistas moderados, pero calificados como neo-otomanos, invocan frecuentemente el legado histórico en el ejercicio de la dinámica política exterior turca.
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